lunes, 4 de septiembre de 2017

Madre

Y si vuelves
a tocar mi puerta
espero que tu voz
no sea otro eco molesto
sino
que cante una canción de cuna
que me arrulle
y me haga dormirme
sobre tus rodillas.

Y que tus manos
no infundan tu ira
sobre la piel de dos niños
sino
que le acaricies el pelo
a mi hermano
y le hagas un té
al despertar.

Y que en tus orejas
nuestras voces no sean zumbidos
sino
hermosas melodías
llenas de sueños
y de historias.

domingo, 30 de julio de 2017

Última

A mí también me carcomen los sueños de encontrarnos felices. O al menos entre un poquito de alegría y buen sexo. Y ya sé que te aburriste de compartir tostaditas con queso conmigo porque ahora, en el medio de los mates, discutimos por cualquier gruñido. Nos encontramos, pero no felices.
En el medio del camino, nos olvidamos de ponerle azúcar al té. Te olvidaste tu saco de ganas de mí. Se perdió la primer poesía que te escribí. Se nos cayó al suelo la comida recién hecha con amor. O desamor. Armamos un porrito con el lillo al revés. Se rompió la mesita del living. Nos caímos de otra silla, pero esta vez no nos dimos un beso en el suelo ni nos reímos. Se nos disolvió algo en las manos y las últimas peleas fueron producto de la desesperación de que aquello se resquebraje frente a nuestros ojos.
Lo peor de las fisuras es que no son lindas. No son como esa tacita de té que se le rompe a Bella y La Bestia la guarda con todo el amor del mundo. No podemos juntar los cachitos de vidrio del suelo, porque duele. Sangra a borbotones. Y entre nosotros solo queda una simbiosis de dos partes dolor y tres nolstagia de un amor que nunca llegó a ser.
Te veo los ojos. Los ojos que te da miedo que te mire. El abdomen que te pone rojo cuando le hago cumplidos. Las muecas con la boca. Tenés ojos infinitos, ¿ya te dije? Te veo. Y hasta acá llegaste. Hasta acá llegamos.


Te quise,

yo.

miércoles, 21 de junio de 2017

7 de la tarde

Te sentí mío
nos sentí nuestros
nos sentí uno
por un ratito

Pero seguimos sangrando
y no sos mío
ni soy tuya
ni somos nuestros

No nos curamos
la cabeza
ni mucho menos
el corazón

Te abracé lo más fuerte que pude
e igual
no te solucioné
las fisuras
en el alma
ni en la mente

No reparé los muebles rotos
en los recovecos más oscuros
de tus profundidades

No te sacié con mi carne
con mis palabras
ni con mi risa

No fui suficiente

No fui

No fuiste

No fuimos

miércoles, 7 de junio de 2017

Mastiqué angustia
porque quería sentir tu cuerpo
e inundarme en el perfume
de tu transpiración

Me consumieron
las ganas esfervecientes
de compartir otro mate con vos
en medio de ese otoño dorado

Tal vez soné muy alto
y con mi cariño
me hice dos alitas de papel
con las que volé entre ilusiones

Englutí desesperanza,
vi cómo te ibas de mi vida
de puntitas y
en silencio.

martes, 30 de mayo de 2017

Vestidito negro

Ayer me puse un vestidito negro al cuerpo. Y lo disfruté. Me miré al espejo sin que surjan ni germinen en mí esas ganas desaforadas de arrancármelo cuanto antes. Me miré contenta, con una media sonrisa casi convencida de mi conformidad. "El negro siempre me queda bonito" pensé, y aunque me miré varias veces a ver si me marcaba demasiado la pancita, elegí disipar pensamientos tristes y destructivos. Elegí quererme, como todos los días lo elijo. Hago el esfuerzo, al igual que miles y millones de mujeres lo hacen todos los días cuando se enfrentan con con su reflejo en algún vidrio de su barrio. Mirarte al espejo siendo mujer es, literalmente, una pelea constante.
Ayer desconstruí, como todos los días, ese prejuicio tan hecho carne que tenemos como sociedad y como colectivo femenino. Tiré a la basura los estereotipos impuestos y me repetí, casi sin querer, que la belleza está en el espíritu. Que ser linda, como le digo a todas, es la forma en la que te brillan los ojitos cuando hablas de feminismo, de tu vocación o de alguna otra pasión. Que ser linda es estar contenta con una misma. Que ser linda es sentirse libre y sin límites.
Ayer no me puse el vestidito negro nada más. Ayer me puse la seguridad en mí misma que el patriarcado nos roba todos los días. Me puse la camiseta de la resistencia y los pantalones de la oposición a este sistema machista. Me planté frente a los prejuicios y al ojo ajeno, por todas las pibas que alguna vez pasamos hambre o devolvimos el guiso de la abuela para ser más bonitas. Me enfrenté a lo que la publicidad y el modelaje de pasarela nos quita todos los días: el amor propio. Ayer me vestí de poder femenino y de lucha.

miércoles, 19 de abril de 2017

Pasado

Volver a viejas sensaciones,
reencarnar en almas pasadas,
pintarme de nostalgia
y escribirte otra carta.

jueves, 30 de marzo de 2017

Luca y Celia

El comienzo de una historia que nunca terminé.
Y que debería reescribir.

Luca caminaba por las calles de la gran ciudad al ritmo de alguna canción de The White Stripes que se reproducía en su mp3, resonando en sus pequeños auriculares. Daba pasos casi al ritmo de la música y en su semblante se veía reflejado ese espíritu jovial que solo los adolescentes son capaces de emanar. La alegría se le escapaba por los poros mientras reflexionaba sobre su latente urgencia por aventurarse y comerse al mundo de un solo bocado.
¿Qué haría en aquel día tan otoñal? Se preguntaba, mientras disfrutaba de la imagen de los árboles teñidos de colores amarillentos y naranjas. ''Próximamente aquellas hojas se van a pintar de un tono más rojizo'' pensó para sus adentros y se sonrió con insolencia. Las personas a su al rededor le interesaban poco y nada. Estaba centrado en él, en la música, en sus sueños de escritor que le recorrían las venas. Y en su hambre de conocer, descubrir, explorar y experimentar.
La quinta canción de su lista de reproducción favorita finalizó. Los auriculares no emitieron sonido alguno por varios segundos y en cuanto levantó la vista de sus pies, divisó una cafetería pequeña que capturó su atención. No lo pensó demasiado y sin cuestionar sus impulsos tan particulares, se adentró a ella. Dio varios pasos y otra canción comenzó a sonar en su reproductor. Se sentó sobre la barra esperando que alguien lo atienda, ensimismado por completo en su microuniverso personal.
Retiró los auriculares de sus oídos en cuanto la mesera se inclinó hacia él con demasiado entusiasmo, pretendiendo tomar su pedido. —¿Y bien? ¿Qué vas a tomar, niñito?— le dijo aquella mujer considerablemente mayor. El chico sintió su respiración caliente chocar contra su rostro y dos o tres gotitas de su saliva cubrieron su mejilla izquierda. Tenía una gran verruga sobre el labio que hizo que Luca se estremeciera con escozor. Él se alejó unos centímetros por inercia y contestó: —Un capuchino, por favor—. Suspiró sutilmente en cuanto aquella mujer se alejó luego de pronunciar ''en seguida viene''.
Se pedía capuchinos a todas las cafeterías a las que iba. Aquella infusión era la preferida de su padre y desde que Luca tenía memoria, era la que ordenaba cada vez que salían juntos. Recordó varios escenarios en los cuales aquella bebida caliente y espesa fue protagonista en los encuentros con su padre. Peleas, discusiones, charlas serias o charlas al azar atiborradas de chistes internos. Lo que sea, pero el capuchino casi siempre presente. Sonrió con un tinte de nostalgia. Sus introspección se vio interrumpida cuando una morocha de ojos verdes como el pasto de verano se sentó a su lado y dejó un cuaderno sobre la mesa que decía ''Celia''. Supuso que era su nombre. La observó por unos minutos sin que la chica siquiera lo advirtiera. —Y... ¿te gusta escribir?— preguntó el muchacho, sin escrúpulos.